Servir es crecer juntos

Ayudar genera deudas. Cuando ayudas a alguien, esa persona te debe algo. Pero al servir, como al sanar, el proceso es mutuo. No hay deudas. Soy tan beneficiada como la persona que estoy sirviendo. Cuando ayudo puedo tener una sensación de satisfacción, pero cuando sirvo tengo una sensación de gratitud. Son cosas muy distintas.

Servir también es distinto que reparar. Cuando reparo a una persona la veo como rota, y esta falla es lo que me llama a actuar. Cuando reparo, no veo la totalidad de la otra persona ni confío en la integridad de su vida. Cuando sirvo, veo y confío en la plenitud del otro. A eso respondo y colaboro.

Si ayudar es una experiencia de fortaleza, reparar es una experiencia de maestría y conocimiento. Servir, por otro lado, es una experiencia de misterio, entrega y admiración. Quien repara tiene la ilusión de ser causal/funcional. Pero un servidor sabe que está siendo utilizado y está dispuesto a ser utilizado al servicio de algo más poderoso, algo esencialmente desconocido.

Podría decir que ayudar y reparar es generalmente el trabajo del ego, pero el servicio es el trabajo desde el alma. Pueden parecerse si los miras desde afuera, pero la experiencia interior es diferente. El resultado suele ser diferente también. El servicio nos ayuda a nosotros mismos, al mismo tiempo que sirve a otros. Esto es lo que nos fortalece. Con el tiempo, ayudar y reparar nos drena, nos agota, terminan por quemarnos (burn out). Servir es renovador. Cuando servimos, nuestro propio trabajo nos sostiene.

Desde una visión de servicio todos estamos conectados: todo el sufrimiento es  parecido a mi sufrimiento y toda la dicha es como mi dicha. El impulso a servir surge inevitablemente desde esta lógica.

Por último, reparar y ayudar son la base para curar, pero no para sanar.

Sólo el servicio sana.

Rachel Naomi Ramen